03 de juny, 2015

5 años después...

El suelo estaba helado. Un escalofrío le recorrió desde la punta de los dedos de sus pies hasta la nuca. Apretó los ojos con fiereza y bostezó. Un nuevo día le levantaba la ceja sarcásticamente. Se levantó de golpe, dejando las líneas de sus curvas grabadas en las sábanas. Se puso la bata, y con los típicos andares adormilados se encaminó hacia la cafetera. El sonido de la espuma saliendo de la máquina no contribuía a su despertar. De hecho, nada a esas horas contribuía a su despertar. Odiaba las mañanas tanto como se odia a los lunes.
Los ojos entrecerrados revolotearon por el pequeño estudio; era un caos. Ropa por allí, libros por allá. Como bien dice mucha gente, su piso reflejaba su personalidad. Era un cubículo cochambroso con un peculiar orden aparente. No podía pedir más espacio con el sueldo que cobraba, peró a ella le estaba bien. Los sitios grandes son más fríos, pensaba. Las paredes estaban empapeladas con esbozos, carteles de películas y fotografías, todo ello abrigado con una fina capa de polvo. Del techo colgaba una extraña lámpara rococó que venía implícita con el piso, y que a saber cuanto tiempo llevaba por allí. Un biombo separaba su cama del resto del estudio. Este era su refugio, su cueva.
Cuando subió a su coche suspiró -por décima vez esa mañana- y arrancó el vehículo. Agradecía que sus padres le hubiesen cedido el Audi, empezaba a hartarse del transporte público. Sobretodo porqué últimamente nunca encontraba asiento y era tan torpe que tambaleaba peligrosamente si tenía que quedarse de pie en el bus. Le relajaba el sonido constante de las ruedas acariciando el asfalto de las calles de Girona.
La ciudad por la mañana era una delícia. Probablemente lo único bueno de las mañanas, opinaba ella. Veía a los carteros con sus motos, las pastelerías recién abiertas y los jardineros regando las hermosas flores. Parecía el inicio de una película. Y es que ella muchas veces se sentía dentro de una película prolongada. Observaba su vida con perspectiva cual espectador. “Tonterías”, decían los demás. “Hay que sentir el momento al cien por cien.” Pero ella lo sentía por completo así, viéndolo. Veía los sucesos como aventuras, la desgracias como lecciones. Veía las alegrías como grandes fuegos artificiales en su interior. Así lo veía, así lo sentía.
Concluyó sus cavilaciones al aparcar el coche. Entró en la facultad con unas ganas inexisentes de acabar su tesis de fin de grado. Se dió un pequeño empujón anímico pensando que pronto llegaría el verano. El verano de sus veintidós años. Le esperaban viajes, gente nueva, cultura. Cada vez que llegaba el verano se preguntaba qué peripecias experimentaría durante esos tres meses. Le esperaban más aventuras para seguir disfrutando de su película personal.






En el instituto me mandaron hacer una redacción de como me veía dentro de 5 años, y bueno. Ojalá lo del Audi.