26 de gener, 2016

No me encuentro bien.

Mamá, no me encuentro bien.
Por las noches, el mundo me oprime el pecho y casi parece que todas mis emociones se derramen por el suelo y se derritan a mis pies y no pueda contener nada. Mi cama se alimenta de mi cuerpo y este se ciñe a ella como quien, sin aire, se aferra a una bombona de oxígeno.
¿Quién martillea mis costillas, y sierra mis brazos y piernas,y anestesia mis pensamientos? ¿Quién me comprime hasta prohibir mi presencia?
Y así, inmóvil, quiero cerrar la ventana que enfría todo mi interior, pero estoy hermética aquí dentro, en mi cubículo imaginario donde no entra ni sale nada. Mi burbuja contiene mis trozos, mis restos, mi alma rota y entera.
Cuando salgo, el aire de la calle me cala hasta los huesos, sea invierno o verano. Las personas de este mundo me miran pero no me ven y me pregunto si yo los veo a ellos o es solo el odio materializado en figuras de un mismo color, una monotonía podrida, amenazante.
Mis ojos ofrecen puños de hostilidad a todo aquel que interrumpa mis absurdas cavilaciones. Me digo a mí misma que es solo el miedo quien actúa en mi lugar, que algún día ese espectro se aburrirá de este cuerpo frío y correrá a envenenar a otro. Pero cada letra que escribo me empuja más al precipicio y el impulso de saltar(me la vida) se desliza por mi piel en un tic nervioso que no me deja parar quieta.
Me miro a través del espejo, interrogante de mi cuerpo, Esta funda que se me ha otorgado sin permiso (qué remedio), que percibe y suprime sentimientos, pensamientos.
Interrogante, ¿es este cuerpo el que me representa?
Lo pregunto por si acaso, lo pregunto porqué pregunto demasiado y me pregunto si es normal que a veces me encuentre flotando por encima de este mar de masas grises al que no pertenezco y alguna vez fui. Me respondo que es el mundo quien no me representa.
Que vivo en una casa enorme que no es la mía y desconozco a cada uno de sus habitantes. Que ando invisible por sus pasillos, mimetizandome en las paredes cual mural que no quiere ser visto.
Me respondo que no soy de ninguna parte porqué en ninguna parte se habla el idioma en el que pienso, en ninguna parte puedo oír el silencio que caracteriza a una mente llena de rincones y recovecos. Estoy rodeada de bocas que empujan falsos sentimientos en una montaña de deshechos (anti)sociales.
A todo eso, y muy cansada, cada noche la cama mastica mi presencia y escupe la maraña sobrante de mis razonamientos. Me tumbo junto los martillos y las sierras y me duermo, sin más. Soy humana.
Las horas me arrancan de mi subconsciente, otra vez, y me despierto. ¿Qué hago?
Mamá, no me encuentro bien.

03 de gener, 2016

Otra vez.

Te he visto por primera vez; otra vez. Y casi no me creo que el tiempo haya pasado entre nuestro fin y la resurrección de nuestros actos. La reencarnación de nuestras especulaciones utópicas sobre las palmas de las manos, en forma de sudor provocada por la materia de tu presencia.
Delante de mí.
Y casi no me puedo creer que tus pupilas me toquen como lo hacían antes de sentenciar nuestra pena de muerte continua, una negación eterna, recíproca, ambigua. Dictaste con la primera palabra que me dijiste el fin de esta historia inacabada, siempre rascando las mismas heridas, siempre dejando el mismo rastro.
Tu en mí y yo en tí.
Y tu, sin tí, viniste a mí.
Y yo, otra vez, caí. Arrastrándote. Otra vez, me has visto por primera vez; otra vez. Y casi no me creo que mis pasos no me lleven al indecente abismo de un mar sin superficie del que alguna vez salí. Un pacto sin diablo. Mi sed de caos que me delata, el amor por el desorden, este anhelo de destrucción. Esta incredulidad que me caracteriza, me castiga, me encierra en los ojos de aquellos que han alimentado las ganas de vivir que se me escapan de las manos.
En mi cielo aún impregna la tormenta, inexistente, el eco de otras manos y otros ojos, y el reflejo de esos en los míos, todavía. Y por eso, todavía, mi locura riéndose de la tuya y viceversa.
Me reservo temblorosa las confusas confesiones para ese alguien que nunca las oirá. El relato de una repetida ucronía que se esconde detrás de otras caras. Siempre igual.
No describas sobre mi los rayos del Sol, porqué nada apacigua la tempestad de mis mañanas, en los suburbios de mi habitación no hay imperativo que silencie los gritos, no hay luz que borre las sombras de esta recelosa percepción de una absurda realidad.
Manos, bocas, ojos, que me repiten que no me crea nada.
Y por eso, casi no me creo que te haya visto por primera vez; otra vez. Que me hayas visto otra vez, por primera vez. Y si tengo que aceptar algo en esta ciega fe por nada, que sea el pensamiento de una sola ilusión proyectada en el fondo de mis recuerdos y tus miradas.
Encima.
De.
Mí.

10 de novembre, 2015

Ella [y yo]

Volaban las horas en la amargura de sus mañanas. Saltaba de escalón en escalón en el caos, que ni dulce ni salado -amargo-, yo contemplaba, pasando de todo. Veinte minutos sentado mirándola como saltaba,
y ya serán cuarenta.

De golpe, la locura, la suya, que no me vió pero me buscaba. Con el odio enganchado en la comisura de sus labios. Sonriéndome desafiante.
Ambos andábamos hacia un regreso a lo anterior, sin verlo, otra vez. Se puso a correr, cansada, pero no paraba
nunca.

Y yo, era su amante, pero no su amigo, un acompañante de camino, el trayecto de su sonido. La transición de sus lágrimas en mis versos.
Y ella cantaba cuando no la escuchaba, pero la oía, y a veces se reía, subía de nuevo esa maldita escalera y des de arriba me decía:

"He caído en la precariedad de nuestros pasos. No me reclames el billete de partida, la puerta está abierta hace tiempo".

Estaba loca.

Le dolían los pies y se quejaba.

Y ella, cogió otro tren. Uno que no era el mío. Uno que la devolvía a sus utopías ambiguas, utopías que dibujaba en el techo del vagón con un pincel que me robó.

Y ella, mi musa, soñaba con los ojos abiertos al borde del precipicio, abrazaba mis miedos bajo la sombra de un cerezo, gritándole a la Luna que la vida le sabía a poco.
Y yo contando las estrellas de su pelo rojo, a su lado,
 pero lejos.

Y ella, a veces se escondía detrás de una ráfaga de viento que se llevaba fragmentos de este pordiosero hábito que tengo de lamentarme todo el tiempo.
Era feliz sin serlo.

Y yo, perdía el norte, el sur, el aliento y la ropa entre la melodía de sus dedos.
Ahora que se ha ido, quiero decirle que aún respiro el mismo aire tóxico que daba vida a sus cuentos  de hadas.

Y ella, daba muy poco para no gastarse. Programaba la obsolescencia de mis miradas y nuestros dedos entrelazando un todo, el hilo de su cordura, que no significó nada.
Porqué, según ella, quedarse para siempre es aceptar el nunca.

Dos semanas después de irse, me la encontré andando por nuestro bosque de los cerezos, preguntándole al Sol qué camino debía seguir en su eterna huida, como en sus bocetos.

Ahí lo entendí.

Escapaba de mí para no tener que encontrarse consigo misma.

08 d’octubre, 2015

Perdóname



Ahora, cuando te miro
te veo -sin verme-
y pienso que tal vez haya muerto
en el azul de tus ojos
que ahora es gris.
Que lo único que te queda de mí
es esa mancha amarilla
que tienes al lado de la pupila.

Ahora, cuando te oigo
no me escucho en tus palabras,
y la gravedad afónica de tu voz
ya no forma parte de mis ecos,
porqué hace tiempo
que tengo otra melodía en la cabeza.

Y sin embargo,
antes
el oxígeno quemaba
si no estabas a mi lado.
Andar era más difícil
si no iba de la mano de tu sombra,
y lloraba por ti
cuando tú reías por otras
porqué temía que tu sonrisa
brillase más en sus ojos
que en los míos.

Antes,
el tempo de mi vida
lo marcaban mis dedos por tu espalda,
y desesperada
quería ser un molde para ti
olvidándome tanto
-y recordándonos a cada instante-
que perdí mi forma.

De ser.

Y perdóname si me iba
para que respondieras a mis ausencias.

Pero nunca obtenía la respuesta
que esperaba.

Y esperé,
a que me vieras
pero fue mi culpa si no lo hacías
porqué cada día dejaba de ser yo
para ser más tú.
Y en mi fracaso, mi transparencia. 

Así que perdóname si con el tiempo
dejé de escucharte, y de escucharme
que ya ni en mis palabras me reconocía,
que ni mi tristeza era ya la mía
-hasta eso te quedaste-.

Perdóname, por favor
si te digo que abandoné mi dolor
en el cajón de tu mesita de noche
donde antes guardábamos los condones
con los que no hacíamos el amor.

Y sobre todo perdóname
si te digo que he dejado de buscarte
en los solos de guitarra
y en las novelas de Bukowski.
Que miro el futuro sin tus ojos,
y tu nombre ya no escribe mi presente.
Que el antes y el ahora 
son dos personas distintas.
Que ya no tengo esos ojos,
ni esa boca,
ni esa voz,
ni esa sed de ser querida.
Que ahora quiero sin esperar
y espero quererme
cada día más.

Porqué vuelvo a ser yo.

Y por eso me disculpo
si te digo
que me hace feliz
ser feliz
sin ti. 

17 de setembre, 2015

perdida; perdiendo

revuelta
desnuda entre las sábanas.

borrosa
en sus ojos y en sus manos.

con miedo
a girarse
porqué le gustaba
el camino de sus dedos
resbalando por su espalda.

negada
a soltarse de otras manos
por si se caía
de su nube.

intrusa
en su cama y en sus pensamientos
gemía su nombre
y se reía
con los ojos cerrados.

perdida
seguía andando, sin moverse
hacia el puto sol
que la cegaba.

perdiendo
la ropa y la cabeza
debajo de la cama
donde las palabras
y los silencios
se llenan de polvo.

cabreada
seguía mirando
sin ver nada de nada.

callando
le escupía al futuro
y anhelaba el pasado.

callada
de noche
se cubría los pechos
y en la curva de su cuello
un desconocido
se llevaba su alma
y la incendiaba
con un cerilla
que le había dado ella.