31 de març, 2016

Llegar a un lugar (real) muy deseado.

Me senté en el número nueve dentro de ese bus ya antiguo y un poco hecho polvo. Nada nuevo a esas alturas, los buses que circulaban a diario por mi pueblo y alrededores no ofrecían un aspecto nuevo desde hacia tiempo. Me coloqué los auriculares en las orejas y me quedé observando las musaranyas unos instantes, como si esperase que la música se fuese a reproducir sola, hasta que me di cuenta de mis vacías cavilaciones y seleccioné una canción. El trayecto duraba entre cuarenta minutos y una hora (esto dependía más de la puntualidad del bus que del tráfico en si), así que me dispuse a ponerme cómoda. 
Dentro de mi cabeza aparecían en forma de imágenes las expectativas que guardaba para ese encuentro. Era algo casi habitual, cada viernes nos encontrábamos en alguna parte y hacíamos algo totalmente aleatorio. Cuando bajaba del bus le preguntaba "¿hoy qué toca?" y él me llevaba a cualquier rincón de este revoltoso mundo. 
Me empecé a sentir ligeramente nerviosa. Juraría que la sensación era la misma que la de alguien con hormigas en las entrañas. Hormigas correteando por el estómago, mordisqueando el páncreas, saltando encima de mis pulmones. Tenía hormigas que subían por la tráquea hasta el esófago y me rascaban la garganta. Repentinamente, tenia la boca más seca que nunca. El ligeramente daba paso a un pesadamente, estaba pesadamente nerviosa. Es decir, muy nerviosa. Me incorporé en el asiento y me toqué el cabello esperando recuperar cierta compostura. Esto también era habitual. Cada viernes, a medida que me acercaba a donde él me esperaba, perdía el norte en ese bus (siempre lo cogía a la misma hora), y mis pensamientos bochornosos se evaporaban y huían por el tubo de escape del vehículo. 
Y sin querer pero queriendo llegué a mi destino hecha un ovillo y más impaciente que nunca, de nuevo. Me bajé de ese bus viejo pero entrañable y le pregunté: "¿hoy qué toca?". 
Y dejé que me guiara por este revoltoso mundo.

16 de febrer, 2016

Autorretrato

El diafragma se abre, absorbe la luz.
El objetivo enfoca.
El temporizador dicta diez segundos con trampa.
Cinco de exactos. Cinco con prisas
El obturador se queja.
El diafragma se cierra.

Me levanto y miro la captura.
Sentada, en la alfombra polvorienta, dando la espalda, ligeramente girada hacia la cámara, ligeramente decaída, fundida, camuflada.
La cama es el soporte de mis poses y mis sueños.
-incluso los malos-.

El diafragma se abre.
Enfoca.
Click.
El diafragma se cierra.

Los hombros, la línea de la espalda, las caderas, los pies.
El pelo largo ondulado, despeinado.
La piel desnuda cálida, en agosto.
Se oye al Sol por la ventana.

Se abre.
Click.
Se cierra.

Me miro, otra vez.
¿Quién es esa?
De espaldas, sin mirar, escondida, encogida.
No me conozco y no lo haré.
¡Date la vuelta!
No se gira.

Click.
Se cierra.

Aquí estoy.
En la alfombra. En la cama.
Aquí estoy, ¿no?
No me veo.
El Sol también,  me habla, me acaricia.
¿No?
No me veo.

Click.

Una habitación vacía. No me veo.
Aquí estoy.
No estoy.

Click.

Una habitación vacía, llena, pintada con letras, números,  son fechas, fechas de días, meses, años. Palabras, frases, frases de voces que me llaman. Figuras, líneas, colores.
No estoy pero me creo, me bautizo a ciegas y con trazo suelto.
Me odio.

Click.

Me creo y soy el reflejo de aquello que me materializa, soy trozos de obras desconocidas y notas de piezas musicales olvidadas.
Las recuerdo cada día.

Click.

Soy sombras, contornos mal hechos, líneas que confiesan un pulso inquieto. Líneas.
Líneas de mis hombros, de mi espalda, de mis caderas, de mis pies.
Dibujadas en una habitación vacía, llena para mí.
Llena de mí.
¿Te giras ya?

Click.

Me giro, me veo en el espejo.
Aquí estoy.
Me veo en la fotografía.
Me veo, capturada.

-por la cámara, el pincel, el amor, la violencia, el placer, el odio, el cinismo, la impotencia, el dolor. La expresión. El arte.-

09 de febrer, 2016

Pink chewing gum

The very same moment I saw Mia, I knew I had lost the game. There was this otherworldly aura around her that made me feel uncomfortable and slightly excited. She wasn't even looking at me. I'm pretty sure she hadn't noticed me during the whole trip. But I couldn't stop looking at her, like an amazed child that looks at colorful and noisy fireworks. Mia was reading on the train. Mia had earphones on. Mia was popping her pink chewing gum like a bored teenager.
 I said hello and she pierced my soul with deep green eyes. Oh, what a loss. I was a lost, lost man. I should've never done that. 
 But it wasn't her who made me lose. She was the one that made me realize how lost I was the moment my eyes laid on herself. It may sound a little bit insane.
 I met Mia again two days after. We were not sitting on a train, waiting for it to leave us to our destinations. She was working and I was walking down the street. Mia was a waitress at a petite café in Lilac Square. I sat and ordered a cup of green tea. Green like her eyes. Since then, I started drinking tea every morning.
 I found myself in between her ginger hair. I found myself in her laugh. In her freckles. In her favourite books. In her bed. In her madness when she couldn't find the keys, or in her way of never talking about herself. I found myself in her red nail polish, in her summer dresses. Her voice when she sang along with the radio. Her way of driving my car, how she looked at the clouds, her rain boots. Her love letters, her sad letters, her tears. I found myself in Mia's loss.
 And you may think she broke my heart. In fact, she broke something. She broke the ground on which I was walking. She broke my scheduled routine, the monotonous rhythm I was constantly following. She grabbed my emotions and chewed them like the pink gum she loved. She popped my life. 
 Even though the months we spent together, I never discovered who Mia was. And once she found me, she lost herself. 
 And I knew that I wasn't the one that had to find her.

But I surely know that I would lose myself to make her find me again.

La primavera.

Va buscar un banc per seure. Havien passat cinc anys des de l'últim cop que ens veiérem. Des d'ençà, el món havia canviat. El meu, si més no. Però ell no, ell estava com sempre. Va estirar els braços i un el recolzà al respatller del banc. Al cel, les orenetes dibuixaren dues línies seguides de cants irregulars. La primavera.
Tot havia canviat. Però ell no, ell estava com sempre. Tenia els mateixos ulls de mel, el mateix mig somriure burleta, el mateix to de veu que cavalca entre la innocència i la sàtira més subtil. Em mirà, interrogatiu. Vaig seure al seu costat, vaig creuar les cames i li vaig tornar la mirada. El banc estava fred malgrat ser temps de flors.
Ens vam conèixer a la primavera. Cinc anys enrere, jo amb divuit anys i ell amb vint-i-un hiverns acabats de fer. Cinc anys enrere vam compartir per casualitat (o per destí) moltes nits aleatòries al local Morgana, entre el billar i les fletxes de diana. Cinc anys enrere m'havia dut amb la motocicleta per carreteres eternes, vorejant les costes platejades i les dunes. I jo, llavors, era només una noia seduïda per un món de pel·lícula. Cinc anys després vaig veure que tot havia canviat, menys ell. Ell estava com sempre.
Em mirà altre cop, allà, més madur, més rotund. Parlàrem distrets, aliens al nostre voltant, sobre la trajectòria de les nostres vides des de que ens vam perdre de vista. No podia deixar de pensar que potser una part de mi anhelava aquells mesos il·luminats pels cartells de neó dels hotels de carretera que freqüentàvem. Potser encara volia sentir la llibertat d'algú que no pertany enlloc, que viu enmig del no-res, que viatja pel temps entre mapes de rutes i nits caloroses. Potser, en el fons, el meu món seguia igual. Però ja era massa tard.


A les set de la tarda un vint d'abril estampat d'ametllers, em vaig acomiadar d'ell i d'aquells dies càlids de fa cinc anys enrere.

26 de gener, 2016

Artículo de odio.

Odio la falta de personalidad en los ojos de la gente que me rodea. Ojos sin brillo queriendo mirar a través del filtro falso de sus miseras vidas.

Odio a la niña que se cree una muñeca misteriosa y delicada, y que no hace más que querer destacar, el imán de atención social. Odio al tío imbécil con complejo de estrella del rock que mastica chicle con la boca abierta y habla como si fuese el dueño de todo lo que pisa. Odio a su novia, la pseudoemo barra snob que expulsa el humo de su cigarro con la prepotencia de quien romantiza el hecho de matarse lentamente. Odio al putón alternativo que argumenta su actitud rastrera con un liberalismo artificial, con esas ganas de impresionar que gritan "fóllame para subir mi pobre autoestima". Odio a la chica que alardea de sus conocimientos, que se muere por mostrar un intelecto que no tiene porqué en el fondo es una adolescente más que centraliza sus problemas y se cree el ombligo del mundo. Odio a su mejor amiga, la boba que copia cada movimiento de la anterior con tal de sentirse alguien especial, porqué no la han educado para valerse por sí misma. Una creyéndose tanto y la otra queriendo lo mismo, ambas carentes de una propia forma de ser, ambas tan  ignorantes e hipócritas. Odio al niño que debe mostrar con cada una de sus acciones que es muy friki y muy fan de los cómics y los videojuegos, pero ni siquiera sabe estructurar una historia sin perder el hilo argumentativo, queriendo ser el héroe de este putrefacto mundo con su capa de falsa madurez. Odio al tipo creído que se come el mundo con su polla, se emborracha cada sábado para alcanzar esa vida tan deseada de guaperas torturado por la sociedad. Odio a Doña Perfecta que explica su lección como si tuviese el magnífico don de enseñar, y lo único que aprendo es a contener las putas ganas de escupirle en la cara.

Odio esas almas vacías consumidas por la prepotencia, la inmadurez, el ego, la falsedad, la jodida apariencia que al fin y al cabo nos importa una mierda. Voces que repiten palabras que han oído por ahí, las ordenan a su antojo y las escupen sin escrúpulos. Voces sin ningún objetivo, sin ningún valor semántico, voces hablantes de verborrea incoherente, indistinguibles las unas de las otras. Voces que se repugnan de manera recíproca, y a su misma vez, voces que se sonríen con esa simpatía del diablo que tanto asco da.

Cuando digo que lo odio, no quiero decir que yo sea algo más que eso. Cuando digo que lo odio, quiero decir que me roban mi persona con sus miradas incoloras, pretenciosas, y ahogan mi sonido con sus constantes quejas. Quiero decir que anulan mis esfuerzos para existir en este mundo gris cubierto por la misma masa que son ellos, la misma monotonía ruidosa que chirría en mis oídos como mil demonios insaciables.
Quiero decir que yo, con mi prepotencia, con mi inmadurez, con mi ego, con esa falsedad que me permite camuflar los colores en este mundo gris, que me deja mantener esta jodida apariencia de alguien a quien no le importa nada lo que digan, soy consciente de la soledad de mi mente, de mis voces, de mis gritos. Soy consciente del desquicio de mi intelecto en el eco interminable de un mundo lleno de figuras vacías. Soy consciente de que escribo para un nadie que me lee sin querer, queriendo leerse a sí mismo. Que veo más allá de unos horizontes marcados por pautas indiferentes, ando con otro ritmo, escribo con otro lápiz, hablo y oigo en otro tono distinto al de todos ellos.

No me enorgullece odiar el mundo que me ha tocado, es más, odio odiarlo, pero al menos sé que mi sombra camina con un tempo incomprensible para los que no ven más allá de su coreografía. Al menos sé que bailo un baile que aprecian como tal aquellos cuyos pasos no encajan en esta masa que nos cubre y nos pudre y no nos deja
dejar
de
odiar.